sábado, 10 de diciembre de 2011

Proceso del aprendizaje de la lengua: expresión propia

Para terminar con la serie sobre el aprendizaje de la lengua hablamos de la parte más descuidada en la práctica de las lenguas clásicas, la de expresión propia, las creaciones de los alumnos.


No hay mejor modo de demostrar que se han adquirido los nuevos conocimientos vistos en clase que usando la lengua en contextos propios. Para ello el tipo de actividades que proponemos son siempre muy abiertas, valorando y estimulando especialmente las aportaciones originales que eviten repetir frases literales ya aprendidas. Algunas ideas sobre las propuestas que ya hemos trabajado en clase con buenos resultados:
  • Redacciones escritas o narraciones orales. El abanico de posibilidades se extiende desde las descripciones a las narraciones, pasando por otro tipo de formatos como cartas, diálogos, reportajes, etc. Algunas veces son para entregar en papel, otras para mandar por el aula virtual, otras se leen en clase.
  • Las redacciones pueden estar inspiradas por una imagen o por un vídeo. Las imágenes que se proponen pueden ser simplemente para describir o bien para inspirar una historia o diálogo.
  • La sugerencia de unas palabras o de unos sonidos puede dar lugar también a una nueva historia creada usando el vocabulario visto en clase. En un nivel más sencillo, la simple propuesta de un par de palabras puede dar lugar a frases sencillas.
  • Estas creaciones pueden transformarse en vídeos en los que los estudiantes son parte activa, bien apareciendo directamente o inventándose personajes que lean sus creaciones.
  • Algunas redacciones pueden convertirse en un trabajo colectivo que nos sirva a todos. Es el caso del juego de las adivinanzas, en el que cada uno inventaba una para los demás. También pueden crear las preguntas de los juegos como pasapalabra.
Cuanto mayor sea el protagonismo del estudiante en este tipo de actividades, mayor será la implicación y las ganas. En demasiadas ocasiones nos empeñamos en guiar el aprendizaje de los alumnos hasta tal punto que no les dejamos desarrollar sus aptitudes ni demostrar lo que están aprendiendo. Proporcionan maravillosas sorpresas si les permitimos hacerlo. Por eso cuanto más abierta sea la actividad, más les obligará a organizarse para demostrar lo que han aprendido. El problema aparece con estudiantes demasiado acostumbrados a que les guíen y les marquen lo que hay que aprender, aunque no comprendan nada, con aquellos estudiantes más interesados en aprobar que en aprender. Pero esa enfermedad escolar tiene una cura solo a largo plazo y no siempre depende exclusivamente de nuestras clases.